Corazones Oscuros

Introducción
Sólo podía adivinar que eran unas botas gracias a las gotas de lluvia que resplandecían y salpicaban de luz al chocar con la piel. Todo era oscuro, el pavimento, la noche, sus botas y también el interior del auto. No recuerdo como llegué a estar de cabeza o ¿es que todo el mundo se volteó?. Tampoco logró recordar a dónde me dirigía, o mi nombre. Intentarlo me provocaba un intenso dolor de cabeza. ¡Mis piernas! Pensé sobresaltado, pero las sentía, aunque dormidas por la posición hacia arriba en que se encontraban, claro, la sangre ya no llegaba a ellas. ¡Sangre! Ese era el sabor dulce y metálico que me invadía la lengua y la nariz. Nunca me dio asco la sangre, pero tratándose de mi propia sangre, no tenía la mínima intención de desperdiciarla. Entonces un breve latigazo llegó a mi memoria, rápido, y desapareció con la misma rapidez de un rayo en la tormenta e iluminó brevemente las botas cerca del auto. Al parecer había llegado la ayuda, ambulancia o la Policía. Traté de decir algo: “estoy atorado” pensé o ¿grité? “Me desangro” intenté hablar. No entendía por qué no hacía nada. ¿No estaba ahí para auxiliarme? ¿Qué hacía ahí simplemente parado? No es un paramédico, ya me hubiera dicho lo que siempre dicen en estos casos: “¿puede oirme?” “¿sabe cómo se llama?” “¿qué siente?” “mantenga la calma”. ¡Cómo carajos voy a mantener la calma si te quedas parado mientras me desangro o tengo algo roto! ¡No lo sé! ¡Para eso estás aquí! ¡Ayúdame! Las lágrimas brotaron y cayeron hacia mi frente. Traté de moverme pero sólo conseguí más dolor y un poco más de sangre en la boca. Quien quiera que fuera tensó sus músculos, no sé porque lo pude sentir, inmediatamente ese pensamiento fue sustituido por dolor. “Necesito que me saquen de aquí”, las palabras no salieron más allá de mi magullado cerebro. Por primera vez habló el dueño de las botas, no sé si fue su voz o un eco o el efecto de los golpes, pero era profunda y tranquilizante.
– No te muevas, estarás mejor en un momento.
¿En un momento? ¿Cuánto tiempo? ¿Me iba a morir, por eso quería tranquilizarme? ¡No! No podía morir, no ahora que por fin acababa de realizar mi más grande sueño. Mi anhelo de amor. Y me correspondía, sí, sentía algo por mi. Me lo había dicho esa misma noche:
– Te quiero. Es la primera vez que se lo digo a un hombre.
Y había sido una melodía para mis oídos. Había logrado despertar en su corazón algo que nadie antes y yo era el primero. No era fácil para un chavo que se reconoce heterosexual querer a otro hombre y decirlo. Y menos para Mick, que era un donjuan, un conquistador, él tenía a más de una mujer queriendo ser su novia, amante o hasta esposa. Pero me quería a mi, me lo había dicho. Y desde ese momento todo mi mundo flotaba en una gran burbuja de colores. Me dejé llevar por el recuerdo de los momentos vividos apenas unas cuantas horas atrás. Sus miradas, sus manos, su boca.
De pronto me sentí arrastrado por una fuerza descomunal, fuera del auto y mis piernas crujieron como ramas. El dolor fue inmenso, no se si grité o sólo abrí desmesuradamente los ojos porque los colores de mi mundo se volvieron tan brillantes que me dolieron. Comprendí que tenía las piernas rotas pero no podía pensar más que en el dolor.
Entre los dolorosos colores que vi, se fue asomando un rostro. Creí haber visto hombres guapos en revistas o en Internet, pero el rostro que tenía enfrente los superaba: grandes ojos marrones, pestañas largas y cejas delineadas, nariz afilada e incipiente barba, un jeque árabe, un príncipe de las mil y una noches, con un delicioso perfume. ¡Estoy en el paraíso! Y traté de levantar la mano para tomar su rostro pero no me respondió. Rescatado por el paramédico más apuesto. Esa era mi noche. Seguía en mi ensueño de luces, que enmarcaban el bello rostro de mi salvador. Sonreí y me devolvió la sonrisa más bella, con sus blancos y perfectos…¿colmillos?
Después todo fue oscuridad.

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