Corazones oscuros 1

Puede ser el chocolate lo que extrañe de la comida humana. Era un placer sentir la sustancia dulce y espesa en la boca. Romper una tablilla con los dientes y saborear el picor dulce de mi favorito chocolate oscuro es equiparable con la sensación de insertar los colmillos en una piel tensa por donde corre un río de sedosa sangre. He probado muchos humanos, de distinta raza y sexo. Algunos son como chocolate con leche: dulzones y comunes. Otros como el blanco, demasiado refinados, sólo un poco y empalagan. Una vez tomé la sangre de un chico turco un sabor fuerte, concentrado, como un chocolate con avellanas. Pero sólo de una persona he percibido el aroma del cacao recién molido que era uno de mis favoritos en la vida mundana y no me atreví a probarlo. No, a él no. Es tabú. Es tentación. Es lo único que me queda de mi vida humana y quiero que se quede ahí, guardado, como mi refugio, el último bastión de mi humanidad. Recuerdo la noche en la que me dijo que me amaba. Llovía. Y eso lo hacía más acogedor y romántico. Los dos sentados, sintiendo el calor del otro, obsevábamos los ríos que el agua formaba en el cristal y yo hablaba de los planes para el día siguiente, una salida al cine, luego ir a cenar mientras me imaginaba como iba a terminar: en la cama, teniendo sexo suavemente, tiernamente, lentamente como a él le gustaría. De pronto me hacía preguntas como si no escuchara lo que yo le decía o platicaba. Una de esas preguntas fue:¿me quieres? Sin dudar le respondí afirmativamente y seguí mi perorata sobre la película de acción que planeaba que veríamos. Otra pregunta: ¿te sientes a gusto así, conmigo? Eso era obvio, le respondí y decidí cambiar hacia el restaurante al que pensaba invitarlo, que recientemente lo habían abierto, su especialidad en mariscos y un maravilloso pastel de tres chocolates, cuando de repente Mick me tomó de la mejilla con su blanca mano y acercó su rostro al mío. Mi voz se convirtió en un hilo delgado de palabras sin sentido. Pude ver sus ojos, de párpados caídos, claros como la miel. Su nariz recta y sus delgados labios. La dulce loción que se había puesto en la mañana penetró por mis fosas nasales, dándole una patada a mi corazón, que siguió dando latidos desordenadamente. Me regaló una mirada que me cortó la respiración y no pude dejar de ver el hermoso arco de su labio superior. De repente soltó: “Te quiero” y la lluvia, la noche, el sol, el aire y la casa se convirtieron todos en un torbellino, una mancha de colores y sonidos sin orden. Cuando mi auto golpeó y comenzó a dar vueltas, era un torbellino de luces y viento muy parecido al que Mick me hizo sentir con su confesión. Sólo pude darme cuenta que estaba en un accidente cuando el parabrisas se hizo añicos y sentí los pedazos del vidrio que se insertaron en mi cara. Un tumbo y me quedé sin aire. Me aferré al volante que giraba sin control. Otro golpe y hubo un crujido en mi espalda y cuello. Estaba de cabeza y dolía. Quería vomitar, el auto era un carrusel. Luces y oscuridad. Agua y vidrios. Sangre sobre el desinflado globo de la bolsa de seguridad. Aceite y el dulce perfume de Mick. Sus palabras seguían vivas en mis oídos. “Te quiero” se repetía hasta el infinito. Esas palabras se quedaron grabadas en mi, como hechas con hierro candente. He intentado repetirlas, emularlas, forzarlas, pero nadie las pronuncia con esa ternura y miedo. Con la misma desesperación he tratado de hacerlas brotar de la garganta de mis amantes, pero sólo consigo su sangre, ofrecida con sumisión, ilusión y hasta con pasión, pero nunca con amor. He bebido del cuello de mis amantes hasta dejarlos desangrados, con la esperanza de sentir lo que Mick me hizo sentir. He arrancado gargantas buscando su voz, sólo consigo desilusionarme, la frustración da paso al coraje y del coraje voy al arrebato. Si mis víctimas son alimento o saben lo que busco en ellos. Ninguno puede o ha vivido para saberlo. A Mick lo he visto a lo lejos. Siempre solo en casa tal vez con muchos porqués, tal vez con arrepentimientos. No lo he escuchado llorar, pero sí lo he visto beber hasta perder el conocimiento. No me atrevo a acercarme. He llorado la misma sangre que he bebido. Es el precio de mi nueva naturaleza, porque no se si es vida. Si se le puede llamar así, por lo pronto y si quiero reunir el valor para presentarme ante Mick y no tomar su sangre con sabor a cacao tostado, debo beber un poco de Chris, el fisicoculturista que tengo entre mis brazos. Hemos tenido una larga sesión de sexo, pero comienza a aburrirme su olor a fierro, sudor y malteada energética. Prefiere la de sabor manzanas por lo que he podido saborear en su boca. Hubo un ciclista que tomaba un suplemento de sabor galletas, nada agradable. He probado otros sabores y me viene a la mente lo que decía un delicioso sommelier francés, con deliciosos toques de almendras y cerezas: “tu paladar te llevará por tus recuerdos y tú decidirás cuál es tu mejor combinación”.

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